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Co-edition with Estudios de Política Exterior
Estados Unidos, Irak y el mundo árabe
A partir de la experiencia en Irak, la gama de posibles acontecimientos en Oriente Próximo, y en la región en general, es ahora mucho más amplia de lo que nadie pensó.
Ian O. Lesser, presidente de Mediterranean Advisors, LLC, miembro del Woodrow Wilson International Center for Scholars de Washington, y ex miembro del Equipo de Planificación Política del departamento de Estado de Estados Unidos
Las acciones americanas en Irak tienen un profundo impacto interno y externo en todo el mundo árabe. Irak también ha cambiado el modo en que Estados Unidos ve sus intereses y políticas desde el norte de África hasta el golfo Pérsico, y en el resto del mundo musulmán. La situación política y de seguridad aún sin resolver en Irak plantea serios interrogantes sobre la forma en que otros escenarios alternativos en este país afectarán al mundo árabe y al compromiso internacional de EE UU en el futuro. Tras haber “reorganizado las cosas” en un importante país árabe, por utilizar la terminología de los activistas neoconservadores y neoliberales de EE UU, la gama de posibles acontecimientos en todo Oriente Próximo es ahora mucho más amplia, para bien o para mal.
La lógica de la intervención
Los orígenes de la invasión americana de Irak se remontan a hace casi una década, o incluso a más, si la invasión se interpreta como una resolución del asunto inacabado del primer enfrentamiento con Bagdad en 1990. A mediados de los años noventa, la administración de Bill Clinton, después de experimentar varias crisis militares en Irak, y cada vez más incómoda con la política estancada de la “doble contención” (de Irak e Irán), buscaba activamente formas de rediseñar la estrategia americana en el Golfo. Un producto de esta inquietud estratégica fue la búsqueda de formas de hacer más eficaz el bloqueo económico a Bagdad mediante “sanciones inteligentes” y otras medidas. El consenso general era que el régimen de sanciones preponderante era insostenible en vista del declive del apoyo en Europa y el resto del mundo.
Así también estaba claro que Irak e Irán no podían contenerse en sintonía, militarmente o de otro modo. Se necesitarían unas políticas distintas para cada país. La imposición tan agresiva de zonas de exclusión aérea en el norte y sur de Irak implicó que las fuerzas de EE UU (además de las británicas y, durante algún tiempo, las francesas) llevaban una década actuando en Irak cuando George W. Bush asumió el poder. Mucho antes de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la administración Bush estaba centrada en la necesidad de resolver el problema iraquí que los estrategas americanos percibían como un lastre permanente para la política internacional y la postura militar americanas.
La cada vez más difícil relación de seguridad con Arabia Saudí era un importante elemento de esta ecuación. La aceptación pública de los despliegues militares americanos en el reino y el problema de proteger a estas fuerzas habían llegado a un punto crítico, y su presencia continua era claramente insostenible. Estas fuerzas, necesarias para mantener la estrategia imperante, podían redestinarse a Qatar o a otro lugar. ¿Pero cuánto tardarían estas disposiciones en estar también sometidas a presiones? La cuestión de las armas de destrucción masiva y los medios para lanzarlas a distancias todavía mayores tenía lógicamente precedentes en el programa occidental y de las Naciones Unidas para Irak desde el final de la guerra del Golfo.
Con esto como telón de fondo, el 11-S fue un acontecimiento catalizador, no sólo para la política antiterrorista en el sentido estricto, sino también para la estrategia americana respecto a regiones inseguras y “Estados rebeldes”, los países que el presidente Bush describiría más tarde como miembros del “eje del mal”. Los atentados terroristas de Nueva York y Washington reforzaron en gran medida el interés que había en solucionar el problema permanente de Irak. La política exterior en general, y hacia Oriente Próximo en particular, se volvió muy intolerante a los riesgos, por remotos que fueran, para el territorio americano.
Por exagerar sólo un poco, después del 11-S la política exterior se ha convertido para EE UU en una forma de defensa nacional ampliada (algo similar ha ocurrido en Europa, consolidado por los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid). En la medida en que los políticos americanos supusieron que el régimen de Sadam Husein albergaba un gran programa de armas de destrucción masiva –y prácticamente todos los observadores oficiales y extraoficiales de EE UU, Europa y Oriente Próximo asumieron, de forma incorrecta, que era así– la lógica para la intervención, incluyendo el cambio de régimen, se volvió abrumadora.
Irak en la balanza: consecuencias regionales
Desde el principio, lo que EE UU hiciera o dejara de hacer de cara a Irak indudablemente iba a tener importantes implicaciones para la región y para el mundo árabe en general. La invasión de Irak abrió una brecha tangible y operacional en un asunto común entre los estrategas americanos conservadores, pero también compartido, en menor medida, por todo el espectro político.
Es decir, la idea de que los regímenes anquilosados y no democráticos de Oriente Próximo han supuesto una fuente de inseguridad para la región, y como puso de manifiesto el 11-S, para el sistema internacional en su conjunto. Irak se ha convertido en la principal prueba para un enfoque que pretende alejarse de la gestión de crisis y emprender una reforma duradera. Según la evaluación más optimista –y pocos expertos americanos comparten esta idea– el cambio en Irak se percibe como una posible salida del atolladero en el conflicto arabe-israelí (“el camino hacia Jerusalén pasa por Bagdad”).
El cambio de régimen en Irak, seguido de unas elecciones y la formación de un gabinete provisional, ha tenido una serie de consecuencias. Ha incrementado la presión sobre los regímenes de todo el mundo árabe, muchos ya bajo el apremio de los derechos humanos y la reforma política. Éste es el caso de Irak, a pesar de la incierta consolidación de las disposiciones políticas, y en toda la gama de posibles escenarios para el futuro. Incluso en el caso de una transición política fallida en Irak, o la posible división del país y la aparición con el tiempo de un Estado kurdo independiente, la caída del poder de un gobierno afianzado y represivo en este país seguirá siendo interpretada como un acontecimiento que sentará precedentes.
Puede que Irak no sea el principal factor en el cambio radical de postura de la política de Libia con respecto a las armas de destrucción masiva, en las medidas provisionales para unas elecciones más representativas en Egipto, en una política más transparente en Líbano, o en la retirada siria de ese país. Pero es más difícil imaginarse cualquiera de estos acontecimientos sin el cambio en el entorno estratégico derivado de las circunstancias en Irak. La guerra de Irak ha tenido un efecto transformador en la actitud pública (y de la elite) de todo el mundo árabe hacia EE UU. Irak se ha convertido en un punto álgido de resentimiento y descontento con respecto a una gran variedad de políticas americanas, entre ellas el problema palestino.
Este deterioro de las percepciones, que se extiende a Estados no árabes importantes como Turquía e Indonesia, llama la atención y será difícil de parar. En la medida en que el desacuerdo sobre Irak también ha sido una fuente de fricción con Europa, da a entender que las percepciones árabes sobre Occidente quizá sean más diferenciadas en el futuro. El constante y marcado nivel de inseguridad en Irak ha sido un factor espinoso para una estrategia americana y británica, basada en la rápida mejora de la economía y la sociedad iraquíes. La insurgencia –más nacional que islamista– no logró desbaratar las elecciones. Pero como indica el reciente aumento de ataques altamente letales a fuerzas de seguridad y objetivos civiles, Irak sigue siendo un lugar inestable e inseguro.
Además, la insurgencia bien podría convertirse en el principal centro de entrenamiento y motivación de terroristas anti-EE UU y anti-Occidente, siguiendo el patrón de Afganistán en los años noventa. Irak también podría convertirse en una cantera de violencia extremista dirigida a regímenes de todo el mundo árabe, otra fuente de preocupación para los gobiernos regionales. En el plano global, la experiencia iraquí –después de los ataques del 11-S– ha abierto un debate mucho más activo y crítico sobre las relaciones entre el mundo árabe y Occidente, y la naturaleza del poder americano.
En un sentido amplio, el debate global sobre la guerra en Irak y sus repercusiones no ha girado tanto en torno a la desaparición de un régimen del que prácticamente todo el mundo reconoce que maltrataba a su propio país y era una amenaza para sus vecinos, sino más bien en torno a las implicaciones de la intervención americana. La falta de un mandado explícito de la ONU y la percepción del unilateralismo americano han generado una considerable inquietud en la escena internacional, sobre todo en el mundo árabe y musulmán. Observadores en el norte de África y Oriente Próximo a menudo se preguntan: “Después de Irak, ¿quién será el siguiente?”. A pesar de la crisis con Irán que está a punto de estallar, otra intervención como la de Irak es poco probable. Los costes humanos, materiales y políticos han sido elevados para EE UU, y probablemente la estrategia ha sido contraproducente para la seguridad americana.
Los analistas y políticos de EE UU también son conscientes de lo aleccionadora que ha sido la experiencia en Irak. La Iniciativa para un Gran Oriente Medio de Washington encarna muchos de los objetivos de transformación inherentes a la política respecto a Irak, pero con un sabor más multilateral. La Iniciativa aspira a consolidar la sociedad civil y las fuerzas para el cambio democrático desde “Marraquech hasta Bangladesh” –por utilizar un término de moda– y hacer que las relaciones con los gobiernos de Oriente Próximo estén más condicionadas y orientadas a una reforma. En este sentido, es similar al planteamiento adoptado por la Unión Europea en su partenariado euromediterráneo, pero sin la ayuda económica a gran escala.
Con el tiempo, la voluntad de EE UU de asignar recursos sustanciales a una transformación más amplia del Gran Oriente Medio será una medida clave de la seriedad y durabilidad de esa política. El tremendo coste de la guerra y la reconstrucción de Irak –quizá de 80.000 millones de euros anuales si se tiene en cuenta toda la actividad relacionada con Irak– pone muy alto el listón. El gasto a esta escala, si se destina a la Iniciativa para un Gran Oriente Medio, y con aportaciones de Europa y Asia, podría dar pie a mejoras reales en sectores clave de toda la región. Dado que los costes de Irak superan los gastos para la Iniciativa, los gobiernos y la opinión pública árabes podrían sentirse incómodos ante una estrategia que defiende el cambio pero genera escasas mejoras tangibles.
¿Para bien o para mal?
Desde una perspectiva americana, pueden extraerse varias conclusiones de la experiencia en Irak hasta la fecha. Primero, la capacidad para tomar una rápida decisión militar no se traduce necesariamente en una transformación política exitosa, una empresa a largo plazo que puede llegar a depender demasiado de contribuciones de socios internacionales. El orgullo desmedido es un riesgo, incluso, o quizá especialmente, para las superpotencias. Los costes de lo que se percibe como unilateralismo han sido considerables, en lo relativo a la capacidad para inducir un cambio positivo en Irak (y marcharse de forma rápida) y con respecto a otros intereses de política exterior más amplios.
El centro de gravedad del pensamiento de la política exterior americana sigue siendo básicamente multilateral, y lo más probable es que Washington se lo piense dos veces antes de embarcarse en futuras intervenciones sin un apoyo internacional evidente. Segundo, dejando aparte los errores de cálculo y las decisiones estratégicas impopulares, el cambio de régimen en Irak es un acontecimiento transformador. Ha puesto en evidencia a regímenes de naturaleza muy dispar, ha generado un reajuste fundamental del poder político en un destacado país árabe, y encierra potencial para atraer –positiva y negativamente– a otros vecinos de la región, entre ellos Turquía, Irán y Arabia Saudí.
Por otr lado, ha modificado de manera esencial el debate sobre el poder y los objetivos de EE UU, así como la idea internacional sobre la seguridad de las sociedades occidentales y sobre las acciones justificadas en la búsqueda de objetivos de seguridad. Por último, está claro que el futuro de Irak sigue en la balanza. Unas elecciones triunfales y el nombramiento de un nuevo gobierno mejoran las perspectivas a corto plazo. Pero los retos a largo plazo para la cohesión política son formidables, y la situación de la seguridad sigue siendo grave.
No puede descartarse ninguno de los posibles escenarios futuros, desde el caos a la fragmentación, pasando por la democratización y la recuperación. Irak aún podría sucumbir a políticas religiosas o laicas más radicales, o la prolongada inseguridad podría requerir una presencia internacional permanente, con la creciente renuencia americana como telón de fondo a permanecer en el país. Sea cual sea el desenlace, la implicación fundamental de la experiencia en Irak es que la gama de posibles acontecimientos en las sociedades de Oriente Próximo, y en un ámbito regional, es ahora mucho más elevada de lo que la mayoría de los observadores imaginaba hace unos años. Para bien o para mal, Irak ha hecho que se tambaleen las suposiciones sobre la permanencia del statu quo.