Turquía es para la región MENA una gran fuente de inspiración para el desarrollo, más que un modelo absoluto e inmutable.
La falta de acciones por parte de Argelia en la crisis libia, refugiada en la noción de no injerencia, pone de manifiesto el problema de gobernanza del país.
Con la creación del Estado, la política exterior libia tendrá que cambiar: los Estados árabes, África subsahariana y del Norte, los tuareg y el petróleo son algunos de los frentes.
El país inicia una era en la que los retos son establecer una nueva relación entre la monarquía y el gobierno e integrar a todas las fuerzas políticas.
Aunque las autoridades argelinas atribuyan la perpetuación de la actividad terrorista a la dispersión de las armas libias, los maquis islamistas aun no están derrotados.
Los países árabes se enfrentan al reto de otorgar a sus fuerzas armadas sostenibilidad, legitimación social y funcionalidad. Para ello son necesarias reformas estructurales.
El lento tránsito de la legitimidad popular de Tahrir al Parlamento, sumado al enrocamiento de la Junta Militar, abre un periodo de incertidumbre sobre el camino que seguirá la transición.
Túnez inaugura una etapa de transición tan difícil como apasionante, que permite a un pueblo descubrir todo un caudal de voluntarismo ciudadano y creatividad política.
Cuanto más se abra la esfera pública a los islamistas, menos se resistirán al cambio. La amenaza no viene de la religión, sino de los que quieren reproducir las estructuras autoritarias.
Hablar del futuro es temerario. Lo único claro es que la ‘realpolitik’ occidental que apostaba por las autocracias árabes como factores de estabilidad y seguridad ha quedado vieja.