Al revisar la historia de los fragmentos de la memoria femenina en tierra del islam y dejar atrás los feminismos asimiladores, se descubre que la condición femenina no es una ni indivisible.
La excepción de estos países responde a dos factores: un proyecto de sociedad relativamente liberal y su implantación por parte de unos gobernantes autoritarios pero con legitimidad.
Al entrar en la esfera pública, las académicas-activistas musulmanas reivindican y dan una nueva forma a los conceptos de democracia, política y activismo.
Los jóvenes egipcios, que reclamaron libertad, dignidad y una vida mejor, deben ahora ser guardianes de la transición y no permitir soluciones tímidas.
Escaparate de estabilidad, Túnez ha revelado una vulnerabilidad que nadie reconocía: la injusticia, la marginación de las regiones y una juventud abandonada a sus frustraciones.
A partir de una lectura crítica y renovada de las fuentes del islam, las feministas islámicas intentan mostrar las incoherencias de la lectura machista de la tradición.
Para la juventud, mujeres y hombres de la revolución, la libertad, la igualdad y la justicia son innegociables. Esta es la esencia del nuevo feminismo.
Lejos de desaparecer de la política, el feminismo laico debe hallar convergencias con los movimientos que apelan a un islam revisado y que también se proclaman feministas.
Los medios, tradicionales y alternativos, y la instauración de un Estado de derecho, donde no quepa la impunidad, llevarán a Egipto, se quiera o no, a una verdadera democracia.