Los acontecimientos de septiembre de 2001 han modificado muchos preceptos intelectuales y relaciones internacionales, incluidas las relaciones entre Europa y el mundo árabe, cuyas raíces se remontan al siglo VII a. C., con la aparición del islam, que constituía, en palabras del célebre orientalista francés Maxime Rodinson, «un peligro antes de convertirse en un dilema».[1]
Este artículo no pretende volver sobre la historia de todas las antiguas relaciones entre los habitantes del «lago Mediterráneo», sino analizar algunas de las transformaciones que se han producido en la parte europea, en particular aquellas que se han ido materializando tras la catástrofe del 11 de septiembre de 2001, teniendo en cuenta que dicha parte es la más fuerte de la ecuación, gracias a los programas e iniciativas que propone y a las capacidades de que dispone. Asimismo, trataremos de examinar qué representan esas capacidades y ese potencial a la hora de tomar decisiones y diseñar estrategias para desarrollar –o mantener a bajo nivel– las relaciones entre Europa y el mundo árabe, a la espera de nuevos acontecimientos que alteren esta ecuación desigual generada por circunstancias históricas y objetivas.
Europa ante la crisis de Irak de 2003
Las posturas adoptadas por los países europeos ante las causas árabes son uno de los principales factores que definen las relaciones entre Europa y los países árabes, en la medida en que estos últimos –e incluso su propia intelligentsia[2]– ven a Europa como un «apoyo potencial» de las causas árabes, por motivos de proximidad geográfica, relaciones económicas e históricas y, en particular, culturales.
Durante el último cuarto del siglo pasado, árabes y europeos han logrado superar en gran medida la idea de conflicto entre las dos partes del Mediterráneo, gracias a los considerables intercambios culturales que se han establecido.[3]
El desarrollo de las posturas europeas ante las causas árabes: Francia como modelo
No cabe duda de que las iniciativas para fomentar el diálogo euroárabe, que comenzaron a cobrar importancia a partir de 1973, así como el Partenariado Euromediterráneo puesto en marcha en la Conferencia de Barcelona de 1995, han atenuado algunos de los problemas y dificultades que habían existido entre ambas partes. A raíz de ello, algunos de los países participantes en este proceso han concluido acuerdos de asociación con la Unión Europea, que pretenden consolidar la cooperación económica y política entre ellos.[4] Sin embargo, existen divergencias en las posturas de los países árabes y europeos con respecto a cuestiones centrales, como el problema palestino y el conflicto iraquí.
Antes de comenzar a analizar las posturas europeas ante las causas árabes en general y ante la crisis iraquí en particular, debemos observar cuál es el patrón que suelen seguir estas posturas: Europa se esfuerza continuamente por adoptar posturas distintas de las defendidas por las dos superpotencias de la Guerra Fría o, en la actualidad, de los Estados Unidos, que es la potencia unipolar. No obstante, esa distinción, o esos esfuerzos por distinguirse, quedan incompletos, ya que Europa, a la hora de la verdad, se ve obligada a acercarse a las posturas de la principal potencia, lo cual provoca un impacto negativo en los países árabes, que normalmente se aferran a «la postura europea» con la esperanza de conseguir un apoyo duradero.
Así, podemos ver cómo las principales potencias europeas, Francia y Alemania, se han esforzado por adoptar posturas distintas de la de Estados Unidos, que pretendía invadir Irak en 2003 y derrocar su régimen por la fuerza. Sin embargo, esa postura, que les supuso la hostilidad estadounidense y británica, ha acabado por transformarse, tras la guerra, en una postura semejante a la de Estados Unidos y Reino Unido. Se trata del mismo patrón utilizado durante la segunda Guerra del Golfo, en 1991, cuando Francia trató de adoptar posturas diferentes de las del Reino Unido y los Estados Unidos, mediante el método de la «diplomacia del último minuto», pero al final acabó subiéndose al tren estadounidense.[5]
Sería posible considerar el desarrollo de los acontecimientos en Palestina y Líbano, y lo que se conoce como «la cuestión sirio-libanesa», como una indicación de que Francia está abandonando su postura relativamente única para acercarse a posturas idénticas a las de Estados Unidos. Es muy posible que este patrón y, probablemente, la propia política, continúen en el futuro.[6]
Es patente el deseo de Francia de ser el motor de Europa y constituir una «tercera vía» que la distinga de las dos superpotencias del momento –la Unión Soviética y Estados Unidos–, en particular respecto a Oriente Medio. Podemos ver un ejemplo de esta política en el embargo impuesto por la Francia de De Gaulle a la exportación de armas a Israel tras su invasión de los Estados árabes en 1967.
La postura adoptada por Francia, con el apoyo de Europa, ante el conflicto árabe-israelí fue mucho más favorable que la estadounidense. La Declaración de Venecia puede considerarse un hito dentro de las políticas de la comunidad internacional ante el conflicto árabe-israelí, a pesar de no haber tenido una gran trascendencia a lo largo de toda esta última década para alterar el curso del conflicto, que se mantiene vivo desde hace ya más de medio siglo.
En resumen, puede decirse que la actual política de Francia no se desvía de la línea marcada en el pasado. En realidad, también trató de aplicarse durante la crisis iraquí de 2003. Según expone Steven Philip Kramer en su artículo ¿El final de la Europa francesa?, esta política se fundamenta en tres pilares:
- Una interacción intergubernamental con los gobiernos de Europa que garantice la soberanía francesa (en particular, los poderes y competencias del presidente de la República).
- El liderazgo francés de la Unión Europea (o un liderazgo compartido con su aliado alemán).
- La idea de una Europa europea, independiente de la hegemonía estadounidense.[7]
La crisis iraquí y la división de Europa
Podemos distinguir claramente dos consecuencias de la invasión británico-estadounidense de Irak:
En primer lugar, ha quedado patente que los Estados Unidos han buscado aplicar la «doctrina Bush» surgida tras el 11 de septiembre, que se basa en dos pilares: el primero, que la «victoria en la guerra contra el terrorismo» requiere una implicación absoluta del poder estadounidense para extender por todo el mundo la libertad, la democracia y la economía de mercado, y en particular en el mundo árabe e islámico; el segundo se basa en lo que se conoce como «guerra preventiva»[8]. De cara al futuro, los resultados de la guerra también han supuesto un giro en los esfuerzos europeos por adoptar posturas distintas a las británico-estadounidenses ante las causas árabes.
En segundo lugar, la cuestión central que cabe preguntarse actualmente es si la postura francesa[9] ante la crisis del Líbano, tras el asesinato de Rafik Hariri y su completa identificación con la postura estadounidense, constituye el comienzo de un nuevo rumbo en la política francesa con respecto a Oriente Medio, con la aparición de tendencias más derechistas dentro del propio gobierno francés y el control de la cancillería alemana por parte de la derecha del país. Para responder a esta pregunta debemos estar atentos a la evolución de las políticas de los países europeos respecto a los conflictos del Líbano y Palestina, teniendo en cuenta sobre todo el control del gobierno palestino por parte de Hamás desde principios de diciembre de 2006.
Las comunidades árabes en Europa: entre el martillo de la inmigración y el yunque del terrorismo
El segundo factor que afectará seguramente a las relaciones de Europa con el mundo árabe tiene que ver con el problemático futuro de las comunidades árabes y musulmanes que viven en Europa, en especial tras lo ocurrido el 11 de septiembre. Se trata de comunidades constituidas durante las grandes oleadas de inmigración de las décadas de 1950 y 1960, que se detuvieron en la década de 1970 a causa de la guerra de 1973 y la crisis energética mundial y resurgieron en la década de 1990.
- La realidad objetiva del fenómeno
El fenómeno de la inmigración en la Unión Europea es una cuestión que parece estar relacionada con el desarrollo, la seguridad y la integración, en particular en lo que se refiere a las personas procedentes de Oriente Medio y del Norte de África. Se trata de un problema que afecta de lleno a las políticas europeas en la materia, a escala local, continental e internacional, incluidas las relaciones con el mundo árabe.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la «Vieja Europa» necesitaba mano de obra y medios externos para ayudar en la reconstrucción de todo lo que la larga guerra había destruido. Aún hoy, el continente europeo todavía vacila respecto a la necesidad de la inmigración para compensar el descenso del índice de natalidad de sus ciudadanos y para hacer frente a la escasez de mano de obra de algunos sectores de producción.[10]
Pero aparte de la necesidad de esta inmigración, Europa se enfrenta al fenómeno de lo que se conoce como la «ofensiva islamista» o extremismo religioso, que se extiende entre estas comunidades. Así, pues, Europa debe hacer frente en la actualidad a dos desafíos:
- El primero de ellos es la responsabilidad de integrar a la minoría islámica, que está creciendo de forma exponencial. Muchos europeos ven a los árabes y musulmanes como «predadores» que han comenzado a resquebrajar la identidad colectiva y los valores predominantes de las sociedades europeas.
- El segundo desafío procede del exterior, ya que Europa, en sus relaciones con el exterior, necesita encontrar un «método» o «mecanismo» que sea factible aplicar respecto a los países de origen de esos inmigrantes, entre los que se incluyen Estados inestables, desde Casablanca hasta el Cáucaso.[11]
Con este objetivo se elaboró en 2003 la estrategia «Una Europa segura en un mundo mejor», posteriormente llamada «Una Europa más amplia: un nuevo marco para las relaciones con nuestros vecinos», que pretende sentar las bases de una cooperación más estrecha con países vecinos como Argelia, la Autoridad Palestina, Bielorrusia, Egipto, Israel, Jordania, el Líbano, Libia, Marruecos, Siria, Túnez, Ucrania, Moldavia y Rusia. Estos países, situados al este y sur de Europa, junto a las fronteras de la nueva Unión Europea, suman una población de 385 millones de personas.[12]
Tras el 11 de septiembre, el «fenómeno de la inmigración» y los inmigrantes árabes y musulmanes se han vinculado a la idea de «seguridad» y al «terrorismo internacional», a raíz de las investigaciones que han revelado que algunos de los autores de los ataques de Nueva York y Washington contaban con cómplices en Europa, donde recibieron adiestramiento.
Sin embargo, el aumento del número de árabes y musulmanes en Europa no es atribuible únicamente a la inmigración, sino que parte del incremento de estos últimos es consecuencia de las conversiones al islamismo. Hay que tener en cuenta que el islam ha atraído a las clases cultas europeas y, particularmente, a los franceses, como son los casos de Roger Garaudy, el artista Maurice Béjart, el pintor Étienne Dinet y el diputado de la Tercera República Philippe Grenier, que se sintieron atraídos por la vertiente sufí (mística) del islam. No obstante, la situación cambió a principios de la década de 1980, cuando el islam comenzó a atraer a otras clases sociales.[13]
Algunos cálculos sitúan en 50.000 el número de musulmanes de ascendencia francesa, mientras que algunas organizaciones islámicas aseguran que hay entre 100.000 y 200.000 musulmanes franceses, si bien no resulta fácil establecer exactamente su verdadero número.[14]
A principios de la década de 1990, distintos grupos o «sociedades islámicas» competían entre sí dentro de estas comunidades. Así, los Hermanos Musulmanes y la sociedad al-Tabligh luchaban insistentemente por el resurgimiento del islam entre los árabes y musulmanes de Europa. Desde entonces, multitud de grupos han intentado desempeñar este papel, como los salafistas,[15] que se han convertido, desde el comienzo del nuevo siglo, en una fuerza principal que compite con los antiguos grupos establecidos.[16] Este grupo hace hincapié en la acción política para consolidar los preceptos religiosos entre las comunidades musulmanas.[17] Debemos mencionar asimismo la aparición de otro grupo religioso, los Ahbach o Habachí, que también ha empezado a tener influencia en Europa entre determinados segmentos de población inmigrante arabomusulmana.
Toda esta acumulación y competencia entre lo que llamamos grupos religiosos es en realidad la expresión de distintas corrientes políticas que buscan alcanzar una posición hegemónica como voz de las comunidades árabes y musulmanas, influidas por sus respectivos lugares de origen. Esta situación ha despertado recelo entre los responsables políticos y los distintos segmentos de la propia sociedad europea.
- Consecuencias políticas del fenómeno de la inmigración
El aumento del número de inmigrantes que llegan a Europa ha engendrado el desarrollo de tendencias derechistas opuestas a los extranjeros, así como el surgimiento de numerosas corrientes y partidos políticos extremistas que sitúan la cuestión de la inmigración en el centro de su discurso político: el Bloque Flamenco belga, el Partido Nacional Británico, el Partido Popular Danés, la Liga Norte italiana, el Frente Nacional francés de Jean-Marie Le Pen o el Partido Popular suizo.[18] Estas corrientes han puesto en marcha diversas campañas para limitar la inmigración y han pedido la aprobación de leyes para integrar a los inmigrantes en las sociedades europeas de acuerdo con las normas, leyes, costumbres y tradiciones europeas, así como el endurecimiento de las leyes de asilo.
El precio que se exige a los inmigrantes musulmanes está convirtiendo a Europa en un crisol de grupos étnicos en el que todas las razas se disuelven sin aportar cambios a la cultura autóctona. Diversos estudios llevados a cabo en Francia y Alemania han puesto de manifiesto que la «segunda generación» y, especialmente, la «tercera generación» de inmigrantes están menos integradas en las sociedades europeas en comparación con la primera generación (sus padres y abuelos). La polémica en torno al velo (hiyab) tanto en Francia como en Alemania pone de manifiesto, quizás, este conflicto fundamental, y contribuye a empeorar la situación actual.
Podemos destacar una serie de causas que consideramos objetivas y que han contribuido a esta postura inflexible de los hijos de la comunidad arabomusulmana de Europa:[19]
- El significativo grado de discriminación existente en las sociedades europeas hacia las comunidades arabomusulmanas, en los ámbitos del empleo, la educación o la vivienda, que empuja a muchos musulmanes de segunda y tercera generación a volver al islamismo y abrazar dicha religión.
- El papel de ciertos medios de comunicación que fomentan un ambiente de animadversión hacia estas comunidades, ya sea de forma voluntaria o involuntaria. Prueba de ello es la advertencia lanzada por la revista británica The Economist, en su número del 8 de mayo de 2003, sobre la presencia de musulmanes en Europa como una gran amenaza a largo plazo. Por otro lado, una encuesta de opinión realizada en Francia en 2003 indicó que el 62 por ciento de los franceses consideraban el islam incompatible con los valores de la República Francesa. Y el Frankfurter Allgemeine, diario de gran difusión, escribió que la situación de los musulmanes «da miedo» y expresó sus dudas sobre la posibilidad de que se integren en la sociedad alemana. También afirmó que el 10 por ciento de ellos, lo que quiere decir unos 400.000, apoyan el extremismo islámico.
- Incluso el papa Benedicto XVI contribuyó a crear este ambiente hostil –voluntaria o involuntariamente– al afirmar el 15 de mayo de 2005 que «el diálogo con los inmigrantes debería realizarse sin renunciar a la identidad cristiana».[20]
Ante estas circunstancias, la cuestión que se plantea es cómo afrontan los países europeos el «fenómeno del terrorismo».
Algunos funcionarios encargados de la lucha contra el terrorismo calculan que entre un uno y un dos por ciento de los musulmanes del continente europeo –lo que equivaldría a entre 250.000 y 500.000 personas– están involucrados en alguna de las actividades consideradas como terroristas. Sin embargo, no puede calcularse a ciencia cierta cuántos musulmanes apoyan el terrorismo o llevan a cabo actos de terrorismo.
El argumento más corriente es que la situación jurídica de Europa continental no ofrece un terreno cómodo por el que puedan moverse los terroristas. En realidad, la química que se establece a raíz del encuentro de musulmanes en Europa hace que algunos individuos sean más susceptibles de ser captados por las redes terroristas.
Conclusión
Parece que el mundo árabe está destinado a seguir desempeñando el papel de «receptor» –por no utilizar el término «dependiente»– en sus relaciones con Europa. Es posible que los dos factores aquí analizados, la división de Europa ante el conflicto iraquí y la cuestión de la inmigración y su vinculación con el terrorismo tengan un efecto significativo a la hora de determinar la forma y los mecanismos de las relaciones euroárabes en el futuro. A este respecto pueden hacerse varias observaciones:
En primer lugar, estos dos factores influirán en la búsqueda de la fórmula que se está desarrollando lentamente en el centro de decisión europeo para ser aplicada en el mundo árabe: ¿no es Europa quien presenta las iniciativas y proyectos relacionados con los árabes?
En este sentido, debe decirse que no es negativo que Europa sea quien promueve todas las iniciativas. Lo negativo, sin embargo, es que estas iniciativas sean el resultado de situaciones problemáticas o difíciles que afectan al mundo árabe y que tienen repercusiones negativas en Europa, como la crisis iraquí o la problemática de la inmigración y su relación con la seguridad de Europa. Los ejemplos que avalan esta idea son numerosos; éstos son tan sólo algunos de ellos:
- El diálogo euroárabe comenzó en 1973, es decir, tras la guerra de octubre y la crisis energética internacional consiguiente. El objetivo consistía en conseguir, a cambio de petróleo, que las posturas de los países europeos apoyasen a los árabes en su conflicto con Israel.
- El proceso de cooperación euromediterránea surgió a raíz de la invasión iraquí de Kuwait y la Conferencia de Madrid de 1991, y culminó en 1995 con la creación del Partenariado Euromediterráneo, que une a países como Israel y Turquía mediante la dimensión económica y cultural.
- La Política Europea de Vecindad, que comenzó a gestarse en 2002 a raíz del 11 de septiembre de 2001.
En segundo lugar, parece que, por ahora, la política francesa de integración total ha fracasado, al igual que la política de aislamiento de Alemania y la política del multiculturalismo tanto en los Países Bajos como en el Reino Unido. El pensador estadounidense Francis Fukuyama califica este fracaso de «bomba de relojería», que incrementará la violencia y el terrorismo, con la consiguiente amenaza para la democracia en Europa.[21]
Bajo la sombra de este fracaso, ¿puede existir otra vía?
Francia ha prohibido el uso del velo en las escuelas públicas y Alemania lo ha prohibido a sus funcionarios, mientras que el Reino Unido y los Estados Unidos se han mostrado tolerantes sobre su uso. Cabe preguntarse si el modelo estadounidense, que defiende la separación de Estado y religión sin levantar un muro entre ellos, y que podría ayudar a los inmigrantes a adaptarse concediéndoles al mismo tiempo un cierto grado de autonomía cultural, podría inspirar a los europeos para definir nuevas líneas entre un pluralismo cultural que es cada vez más arriesgado y un laicismo puro que repugna a los musulmanes y a los fieles de otras religiones.
En tercer lugar, si sumamos las perturbaciones y turbulencias del mundo arabomusulmán fronterizo con Europa, que pueden tener repercusiones sobre las minorías musulmanas, el flujo de inmigrantes ilegales que Europa no desea acoger, el terrorismo islamista, las armas de destrucción masiva que planean sobre la región (el caso iraní, por ejemplo) y la dependencia energética respecto a los países de Oriente Medio, todos estos factores hacen que la estabilidad de una nueva vecindad con «la media luna de las crisis» constituya una prioridad básica para Europa. Esta prioridad se reflejará, sin duda, en las políticas, estrategias e iniciativas europeas dirigidas al mundo árabe, lo cual sería positivo si se toman en consideración las visiones y los intereses de ambas partes.
En cuarto lugar, podría decirse que los países europeos son muy recelosos ante los cambios de consecuencias desconocidas en los países limítrofes (el Norte de África, Oriente Medio y el Cáucaso), a pesar de que los gobiernos de esos países sean corruptos y opresivos, con el pretexto de no querer que parezca que Europa intenta aplicar presiones externas para conseguir reformas políticas y económicas internas, al estilo estadounidense. Todo ello para conseguir la cooperación de los países árabes y ayudarlos a cortar el flujo incontrolado de inmigrantes hacia Europa, así como contener el «contagio» del fundamentalismo islámico a los países europeos.
Por último, es necesario reconocer la relación entre la dimensión cultural y humana, por un lado, y política, por otro (guerra y paz), y la dimensión social y económica (inmigración). No deberíamos manipular el destino de las naciones y las sociedades en nombre de «intereses mayores» o «intereses nacionales» de los países sin tener en cuenta estas dimensiones. La dimensión cultural conlleva el reconocimiento por ambas partes de la ideología del «otro», su idioma, sus intereses y sus valores, sin que ello implique un sentimiento de superioridad o dependencia con respecto a la otra parte.[22] Mediante este enfoque alejaremos la sombra de los imprevistos que puedan afectar a la continuidad y la estabilidad de las relaciones euroárabes y abriremos la esperanza de la convivencia, la cooperación fructífera y la estabilidad política que conducen a la paz, la seguridad y la prosperidad por que luchan todos los regímenes políticos y organizaciones internacionales, y que también defienden los informes de la Unión Europea sobre esta materia.
Notas
[1]. Maxime Rodinson, La fascination de l’Islam, Librairie François Maspero, París, 1980, p. 27.
[2]. Jamal Al-Shalabi, « Jordanie : les perceptions des intellectuels », Confluences Méditerranée : L’élargissement de l’Europe vu du sud, n.º 46, L’Harmattan, París, verano 2003, p. 81.
[3]. Robert Bistolfi, « Europe, Méditerranée, Monde Arabe : Une Nouvelle Donne ? », Confluences Méditerranée, n.º 49, L’Harmattan, París, primavera de 2004, p. 11.
[4]. Jamal Al-Shalabi, The Arabs and Europe: A Contemporary Political Vision, Al Moussa Al Arabiah Lil Dirassat Walnashre, Beirut, 2000, p. 77.
[5]. M. Safieddin Kharbush, The American Position Towards Arab Issues: The Case of Iraq, ponencia presentada en el «Congreso sobre las Relaciones Euroárabes tras el 11 de Septiembre», Programa de Relaciones Internacionales y Estudios Estratégicos de la Universidad Hachemita de Jordania en cooperación con el Centro de Investigación Al-Rai, 22-25 de septiembre de 2005, p. 3 (sin publicar).
[6]. M. Safieddin Kharbush, loc. cit.
[7]. Steven Philip Kramer, « La fin de l’Europe Française? », Politique Étrangère, IFRI, Armand Colin, París, 2006, p. 655.
[8]. Pierre Noël,“La Doctrine Bush et la Sécurité Pétrolière”, politique étrangère, IFRI, Armand Colin, n2, 2006, p. 244.
[9]. Tras el ascenso al poder del presidente Nicolas Sarkozy en 2007, la política francesa ha intentado desempeñar un papel activo en el conflicto libanés y ha emprendido una iniciativa para resolver la crisis y permitir la elección de un nuevo presidente. Sin embargo, Estados Unidos ha echado por tierra esta política a pesar de los intentos de Nicolas Sarkozy de acercarse al país norteamericano.
[10]. Nasser Hamed, «The Problematic of Immigration to the European Union», International Politics, Al-Ahram, n.º 159, El Cairo, enero de 2005, p. 188.
[11]. Puede leerse un resumen del libro Europe and Islam: Crescent Waxing, Cultures Clashing, del propio autor, Timothy M. Savage, en The Washington Quarterly, vol. 27, n.º 3., que fue traducido al inglés por el Dr. Mohammad Al-Sayyid, Qiraat Istratijiyyah, Centro de Estudios Políticos y Estratégicos, n.º 9, El Cairo, p. 3.[13]. Samir Amghar, « Logiques conversionnistes et mouvements de réislamisation »,Confluences Méditerranée, n.º 57, L’Harmattan, París, primavera de 2006, p. 57.
[12]. Ibid.
[14]. Ibid.
[15]. J. F. Dortier y L. Testot, « La Religion : Unité et Diversité », Sciences Humaines, París, 2005, p. 195-201.
[16]. Samir Amghar, « Le Salafisme en Europe : La Mouvance Polymorphe d’une Radicalisation », Politique Étrangère, IFRI, Armand Colin, París, 2006, p. 67.
[17]. Ibid., p. 73.
[18]. Ali Muhafza, «Arab-European Relations: Linkages, Interests and Sources of Caution», Arab Affairs, Secretaría General de la Liga Árabe, n.º 121, El Cairo, 2005, p. 80.
[19]. Ali Muhafza, óp. cit., p. 81.
[20]. http://www.adnki.com/index_21.level_Arab.php?cat=religion&loid=8.O.29975489&par=0
[21]. Francis Fukuyama, «Identity, Immigration & Democracy», Journal of Democracy, abril de 2006.
[22]. Véase el interesante artículo de Paul Balta y Claudine Rulleau, « Pas de dialogue culturel sans culture du dialogue en Méditerranée », Confluences Méditerranée : La France et la Méditerranée, n.º 63, L’Harmattan, París, otoño de 2003, p. 81.